• Marcos Maturana

Visita al Banco

Actualizado: ago 20

Soy un hombre común y corriente y, como tal, tengo una cuenta bancaria. Con ella compro cosas, uso mi tarjeta de débito y a veces me endeudo con la de crédito, aunque trato de no usarla seguido.

Como ya adivinará, soy de «clase media». No me pida que le describa lo que eso significa, sólo sé que soy clase media y nada más y, como todos los de mi clase, pues no tengo puta idea de lo que significa. Sólo sé que me muevo en bus porque el auto lo ocupa más mi señora, porque lleva a los niños al colegio antes de irse a su pega. Soy asalariado y mis ingresos son lo que yo entendería como «ingresos medios».

Pese a que muchos de los trámites se pueden hacer en línea, hay días en que tenemos que ir al banco. Si usted es «clase media», seguro que entiende lo que quiero decir.

Dos semanas atrás tuve uno de esos días. Como cualquier trabajador, tuve que pedir un día administrativo, de esos que los empleadores no dan muchos y que, cuando se va acabando el año, a veces usamos para realizar elongación testicular. No tengo la suerte de trabajar desde casa o, mejor dicho, desde donde yo quiera, porque laburar en el hogar no es siempre agradable: la casa suele tener un sin número de tareas que todos esperan que hagas cuando te quedas. En lugar de relajarme o hacer labores en el hogar, tuve que hacer una visita al banco. ¡Ya imaginarán lo contento que estaba! (solo por si no lo entendió, he querido ser sarcástico). En ocasiones me pregunto si un tipo de clase media descansa en algún momento…

Mejor no le aburro más con mis divagaciones, y continúo con mi historia.

Aquel día me levanté temprano – no tanto como es habitual – y salí a una hora en la que ya no hubiese taco, en que sabía que podría subirme al bus en lugar de colgar de la escalera ni ser aplastado sin piedad por la desordenada masa humana que, día a día, llena los vagones y andenes del metro y de la cual suelo ser parte. El viaje en el transporte público fue relajado, e incluso pude leer un poco. Es grato poder respirar algo distinto al aliento de otro humano cuando se usa el metro o la micro.

Caminaba por las pocas cuadras que separan la sucursal bancaria de la estación del metro, cuando de pronto sentí un llamativo olor que me recordó que no había desayunado – por flojera, debo confesar, ya que no quería lavar después lo que ensuciara.

Se trataba de un carrito de sopaipillas.

Aquellas maravillas culinarias de mi país llamaban con su aroma que, ya enganchado a mi nariz, me llevó hasta donde se encontraba el carro con la vendedora, una señora de contextura algo gruesa que vestía un delantal que tiempo atrás debió ser blanco y un gorrito de cocinera con algo menos de uso que el resto de su indumentaria. Con agilidad, ella manipulaba las sabrosas masas en el aceite y las amontonaba en otro rincón al lado del enorme sartén. El sonido crepitante que hacían al freír me hizo salivar.

El aroma, el sonido, la escena misma, me recordaban mi infancia… Y no pude resistir la tentación, sumado al hecho de que ese día estuvo helado. Creo que hacían como 10ºC no más – según mi celular – y estaba bastante fresco. Pero, ¿por qué justifico mi deseo? Seguro usted me entiende.

– ¡Hola! ¿Me da siete, por favor? – le pedí a la vendedora, señalando aquellas delicias con el dedo –. No, mejor ocho – me corregí.

Decliné el ofrecimiento de kétchup, mostaza y ají. Es que no me gusta agregarles salsas a las sopaipillas; eso destruye su sabor… mata el recuerdo de niñez. Cuando era chico nadie le echaba ninguna de esas porquerías.

En el corto trayecto que me separaba de la sucursal bancaria me comí las ocho sopaipillas. ¡Oh, el hueón chancho! Me dijo un amigo cuando le conté. Lo cierto es que estaban buenísimas y tenía mucha hambre. La idea era llevarle algunas a mi mamá, a quien iba a visitar para almorzar, pero no me resistí, así que cagó no más (es broma, igual compré después unos berlines para compartir con ella a la hora del postre).

Al llegar al banco, pregunté por la ejecutiva que me fue asignada cuando me hice cliente.

– Hola, buenos días, Roberta – saludé.

– Buenos días, don Evaristo, ¿En qué puedo ayudarle? – me respondió ella, con una sonrisa ensayada para la clientela.

Lo de “don” siempre me ha incomodado, pues soy un hombre joven – al menos así me siento a mis… a mi edad – y Roberta no luce más joven que yo (Estimada, si lee este relato, espero no vea menoscabada su vanidad). Por alguna razón, un sentido de jactancia masculina se activó en mí y comencé a tener preocupaciones que usualmente no generarían un ápice de ansiedad en mí; sentí que una miga de sopaipilla colgaba de la comisura de mis labios, así que con disimulo llevé mi mano derecha a la cara, como pretendiendo estar pensando en lo que me explicaba. Al parecer no tenía nada raro en la cara.

Hice las consultas que me llevaron hasta allí, relacionadas con hacer compras en el extranjero, cobros extraños, retirar dinero fuera del país, algunos productos financieros y planes de ahorro. En fin, ese tipo de cosas aburridas de las que no cabe entrar en detalle. En medio de la conversación, mi estómago emitió un leve gruñido, pero me hice el leso y Roberta pareció – o fingió – no escucharlo.

Mi ejecutiva me atendió muy bien: fue amable, cortés y precisa en sus explicaciones – menos en aquellas relacionadas con los cobros, que al parecer ni ella entendía muy bien, pero se excusaba con conceptos técnicos de manera bastante convincente. Revisamos mi estado de cuenta en la pantalla de su computador y la mayor parte de mis dudas acabaron siendo aclaradas. Además, solucionamos un par de problemas. El banco suele cagarme, pero siempre de manera legal y con una sonrisa. A pesar de aquella triste tendencia que describe a la banca chilena en general, ese día la visita fue de ayuda.

Estaba a punto de despedirme, cuando fui sorprendido por un intenso golpe en mi abdomen que me impidió ponerme de pie, quedando yo constreñido en mi asiento. Un par de segundos después me despedí cordialmente, y me puse de pie.

Otro golpe. Igual de sorpresivo, pero más fuerte.

El puñetazo vino desde las entrañas de mi organismo, seguido del reclamo de mis tripas. Estoy seguro que Roberta escuchó el sonido de la digestión exagerada que ocurría entonces atrás de mi barriga.

En ese momento, mi intestino comenzó a expresar su voluntad de llevar la digestión hasta el final.

– Disculpe… ¿Puedo usar el baño? – pregunté, abatido, aun sentado en la silla, mientras las tripas continuaban su protesta.

– En esta sucursal no disponemos de baño para clientes… - contestó ella, aún al otro lado del escritorio.

No sé cuán plañidera era la expresión de mi rostro acongojado ni qué palabras brotaron de mi silencio implorante. Tal vez fue mi expresión facial, tensa y sufrida. ¿Se han fijado que cuando uno está en este tipo de apuros escatológicos al mismo tiempo que uno aprieta los cachetes del culo, también lo hace con los de la cara?

Todo eso, junto a una nueva protesta intestinal, despertó su empatía.

– Voy a ver si puede usar el baño del personal – continuó, como diciendo «lo intentaré, pero no te prometo nada»

Acto seguido, me pidió que la siguiera.

Yo apenas podía moverme, en la medida que los reclamos de mis intestinos iban traduciéndose en dolor estomacal y una creciente necesidad por evacuar. ¡Nunca había imaginado lo difícil que es caminar con los cachetes apretados! Pese a todo, pude cubrir ese tramo de manera digna.

Atravesamos el pasillo que llevaba a la sala de espera, donde estaba otro colega suyo (que recién despachaba a otro cliente) y un guardia de seguridad. Roberta les comentó mi situación, yo acompañaba su relato con la aflicción en la mirada y la peculiar manera de mantenerse de pie que uno adopta cuando retrasa como puede la expulsión del excremento.

- Pregúntale al jefe – dijo el funcionario.

Mi ejecutiva se dirigió a la oficina del gerente de la sucursal. Mientras, la urgencia golpeaba mi vientre y los retorcijones no cesaban – y mis nervios y sudor helado tampoco.

Mis entrañas palpitaban y yo comenzaba a rezar…, ya ni me acuerdo a quién o a qué – soy ateo, pero aquel día dudé de mis convicciones filosóficas –. Yo sólo rezaba, con las manos en la panza, parado, encorvado y cruzando las piernas, imploraba al más allá para que me diera la fortaleza de resistir y salir adelante…

Un par de minutos después – toda una vida cuando estás que te cagas, y tu dignidad está en juego – vi a Roberta saliendo de la oficina de su jefe y caminando hacia donde nos encontrábamos sus colegas y yo.

¡Riéndose!

Bueno, no riéndose propiamente tal… pero estaba sonriendo; su expresión era la de quién se ríe de la desgracia ajena. Su cara reflejaba malas noticias, y temí por mi integridad física y dignidad rectal.

¿Se estaba riendo en silencio por mi desgracia? ¿Cómo tan sádica? Toda cavilación fue interrumpida por un embiste seguido del clamor de mis tripas por librarse de los desechos de mi digestión.

Por suerte lo pude contener… pero estuvo cerca, muy cerca. Pocas veces he sentido tanto miedo en mi vida como aquella vez. Cayó sudor frío de mi rostro y mis calzoncillos ya estaban algo húmedos por la diaforesis.

Cuando llegó hasta nosotros, supe que traía malas noticias…

Felizmente, no eran para mí.

– Puede usar el baño… – escuché decir a mi ejecutiva.

«Menos mal», pensé, mientras alzaba mi mirada como perrito agradecido.

– Gracias – musité apenas, con miedo a que un esfuerzo adicional acabara con todo por lo que estaba luchando en ese momento.

– Pero, por razones de seguridad, tiene que ir acompañado – terminó ella la frase, mirando al guardia, un hombre de cincuenta y tantos años.

En ese momento yo sólo quería cagar, y me daba lo mismo tener a un viejo al lado mirando. El hueón podría haberme grabado la raja, subirla a youtube, y me hubiese dado igual. ¡Estaba desesperado!

Sin embargo, muy a mi pesar – entonces un gran pesar – la espera no concluyó en ese momento.

Al escuchar la indicación, el guardia abrió los ojos como platos, por un segundo, mientras Roberta reía con disimulo – y no la culpo, yo también me hubiese reído del hueón. Por suerte no me dio risa entonces, pues me hubiera cagado ahí mismo.

El estrés que enfrentas y la adrenalina que produce en una situación como ésta, en que pones todas tus fuerzas para que el culo resista y escupa en un momento más apropiado, despiertan en uno ciertas capacidades especiales – como ya sabrás si lo has vivido. En ese momento, para resistir los reflejos naturales del organismo, apretar los cachetes y coordinar la musculatura de los glúteos con la abdominal y detectar toda potencial amenaza a tu dignidad y oportunidades de salvación, alcanzas el 100% de tu capacidad cerebral y descubres que tienes poderes increíbles.

Eso me sucedió a mí. Adquirí el poder de leer la mente, lo que me permitió ver más allá de lo evidente, lo que es «esencial e invisible a los ojos» como decían en un libro. En ese momento sabía quién lo dijo, pero perdidos los poderes, se me fue ese conocimiento también.

Me estai huebiado, ¿cierto?”, pensaba el abnegado guardia, mientras miraba con incredulidad a Roberta, buscando alternativas, intentando comprender la crueldad de su destino y viendo cómo evadirlo.

La aludida respondió en ese diálogo telepático propio de quienes se conocen hace años y comparten compañerismo o amistad.

“¿Querís que vaya yo, acaso? No puedo, soy mujer, poh, Héctor” respondía con cierto cinismo, riéndose de la desgracia del guardia. “Pucha, lo siento” continuó la conversación telepática: “razones de seguridad y… tú eres el que nos da seguridad aquí”.

El rostro ensombrecido del guardia clamaba por justicia y sensatez.

“¡Pero esta hueá no está en mi contrato!” fue su respuesta telepática. “Que vaya por su cuenta, po”.

Roberta se volvió a encoger de hombros, casi imperceptiblemente y, con la mirada, con un sutil movimiento de los ojos, señaló la oficina del gerente. “Dile a él, no a mí” respondió, feliz porque tendría material para hueviarlo todo el día.

Conshesumadreee, las hueáas que hay que hacer pa’ no perder la pega, hueón, por la chucha…

Héctor…” llamó Roberta con la mente.

“Dime”, reaccionó el guardia, esperanzado.

“Vigílalo bien de cerca, jajajaja… y asegúrate que quede con el poto bien limpiecito”, dijo sin parar de reír…

Podía escuchar las crueles carcajadas mentales de Roberta y percibir sus esfuerzos por contener la risa. También la tensión muscular de Héctor, percibir la enorme frustración que le generaba el tener que ver – y oler – cómo caga un desconocido desesperado.

Nunca miren en menos a un guardia. El trabajo de quien vela por la seguridad de todos puede ser así de exigente, frustrante y sacrificado.

A pesar de que podía percibir todo eso con mi súper sensibilidad adquirida, nada podía importarme menos. Posponer la evacuación y resistir los retorcijones que malograban mi estómago no daba tiempo para preocuparme de nada más. Mis cachetes se apretaban más y más, y el dolor me encorvaba y apenas era capaz de mantenerme en pie.

Les miré implorante, una lágrima comenzaba a brotar de mi ojo derecho, y entendieron que yo no podría resistir mucho más.

El baño, para mi mala suerte, estaba en un segundo piso. Como pude, caminé detrás del guardia, que a veces me esperaba con impaciencia.

“Ya po, apúrate”, reclamaba mentalmente, inconsciente de que podía “oírlo”. Héctor sólo quería que todo eso terminara de una vez, y la espera por el fatídico y fétido episodio no hacía más que incrementar su ansiedad.

Subimos las escaleras, pasamos por unas oficinas dedicadas a otras labores distintas de la atención de público, pasamos por una pequeña cocina hasta que llegamos frente a la puerta del baño que el guardia abrió, haciendo un gesto con la mano para que pasara.

– Después de usted – le dije.

La expresión de su rostro me hizo comprender que no me acompañaría como le habían ordenado.

– ¿No me va a acompañar? – pregunté.

No sé por qué le pregunté eso. Usar el ciento por ciento de tu capacidad cerebral no te hace infalible e igual puedes preguntar o decir cosas estúpidas. Y con la meta tan cerca, más urgencia mostraban mis intestinos por deshacerse de la materia fecal.

Antes de que Héctor me diera la feroz patada en la raja que quería regalarme, y apurado por mis entrañas, entré veloz al baño.

– Le espero acá afuera – me contestó, con tono molesto, mientras yo cruzaba el umbral que me separaba del trono. "Ni cagando entro a ver cómo cagai, conchetumare", rugió el eco de su mente.

El guardia cerró la puerta en tanto yo me sentaba y bajaba los pantalones.

Por un par de segundos no regué toda la mierda en el baño del banco. Antes que mis cachetes tocaran el WC, mi cuerpo se rindió a la inevitable evacuación. Como vapor saliendo de una olla a presión fue liberada la diarrea y otras cosas que no me atreví a mirar. ¡El sonido del líquido con gases evacuando mi organismo se debe haber escuchado en toda la cuadra! Al menos, la puerta del baño llegó a vibrar.

Tal fue el alivio que sentí cuando pude vaciar mis intestinos, que lloré de felicidad. La mierda chorreaba por mis cachetes al mismo tiempo que las lágrimas de alivio circulaban por mis mejillas.

Ya nada más importaba. Estas experiencias te enseñan que el alivio es la verdadera felicidad. Pero aquello no acabó ahí y mi organismo siguió estrujando los intestinos para librarse de toda la porquería otrora retenida a la fuerza.

El siguiente disparo fue casi tan sonoro como el anterior; al igual que las subsecuentes evacuaciones, siempre violentas y explosivas, hasta que mi cuerpo recobró la calma. Como después de comenzar a cagar ya me había aliviado, perdí los súper poderes, pero imagino cómo se habrán estado riendo del guardia los que pensaban que estaba conmigo.

Agotado y jadeante, esperaba la eyección de los desechos rezagados, casi inconsciente de los reflejos de mi sistema digestivo, al cual le había exigido tanto aguante minutos antes.

Sumido en una mezcla de alivio y cansancio, me prometía, en cada contracción y evacuación, que nunca más comería sopaipillas en la calle.

Cuando por fin terminé, tomé consciencia del sudor que había en mis manos, en mi frente, y la humedad que dejó en mi ropa. Permanecí sentado unos minutos más, sin moverme. Recuerdo que miré al costado para ver si el guardia estaba ahí, pero luego me acordé que no había entrado conmigo.

Ya estando seguro que el martirio había acabado y que no había más restos de mierda por botar, sólo quedaba asumir el difícil retorno a la sociedad: aliviado pero avergonzado.

Cuando abandoné el baño, ahí se encontraba el guardia, abnegado funcionario que habían sacrificado en pro de garantizar la seguridad del banco, la buena atención al cliente e imagen de la sucursal. Le sonreí; él sólo mantuvo su mirada arisca.

Volvieron a mi cuerpo todas las emociones olvidadas por la emergencia digestiva y el oprobio y la preocupación por el qué dirán me impidieron mirar al guardia a los ojos.

– Gracias – musité al pasar a su lado, cabizbajo, a paso rápido y tímido. Luego me siguió para asegurarse de que me dirigía directo a la sala de recepción.

Cuando pasé en frente del box de atención de mi ejecutiva me despedí con una seña con la mano y dándole las gracias, aunque no creo que me haya escuchado; mi voz fue ahogada por la vergüenza que sentía y apenas resonó en el aire, mezclada con la música relajante de la sucursal.

Cerca de la salida, me encontré con un buzón de reclamos y sugerencias. Me tomé el tiempo de escribir comentarios positivos sobre la atención recibida. Fue la única cosa que se me ocurrió para demostrar mi gratitud:

“…Con todo en mi contra, y los funcionarios del banco me apoyaron y asistieron de manera oportuna en el momento más difícil. Gracias a la atención recibida, no quedé hecho mierda y puedo continuar tranquilamente con mis proyectos el día de hoy.”, concluyó mi nota.

Cruzando el umbral me sentí más tranquilo. Estaba en la calle ya con mis intestinos limpios. Y conforme porque pude hacer mis trámites. Disfruté de la brisa invernal, del mecer de las ramas de los árboles movidas por el viento, de todas las cosas que uno toma consciencia cuando supera una crisis… Era un hombre nuevo.

Sólo quedaba ir a almorzar a la casa de mi madre.

De camino al paradero me encontré con un carrito de completos.

– ¡Hola! ¿Me da dos, por favor?... ¡ah, y una coca light!

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