• Marcos Maturana

UNA MAÑANA CUALQUIERA

Una mañana invernal, agradablemente fresca en la capital, de un día cualquiera de agosto, me desperté y decidí poner en práctica el sabio consejo de una buena amiga, quien me dijo que sonriera más, que prestara más atención a la gente a mi alrededor y, en fin, que me abriera más al mundo.

Y eso hice.

Con mucho entusiasmo salí de mi departamento y con paso firme y resuelto me puse a caminar por la vereda.

Sonreía.

Ponía más atención al mundo que me rodeaba: el cielo gris cubierto de nubes, los perros corriendo por la calle, el color de los autos que pasaban por la calle, etc.

Percibí que en la ciudad hay mucha gente ensimismada, metida en sus pensamientos o enfocados en la pantalla del celular, como yo suelo estar. También noté que hay muchas mujeres bonitas. A ellas sonreía con más ganas, debo reconocer. A veces la sonrisa era devuelta. Sonrisas tímidas, algunas más sensuales. La sensación siempre era grata; alegraba un poco más la mañana en ese momento que antecedía mi rutinaria jornada laboral. Sin duda, aquellos instantes mejoraron el día.

¡Qué buen consejo me ha dado mi amiga! Si tan solo hubiese comenzado antes…

Sin embargo, noté que algunas personas me miraban con extrañeza. ¿Tan inusual resulta mi comportamiento? Me pregunté. Pensé que quizás la mayoría de la gente no está acostumbrada a las sonrisas. Y lo entiendo. Yo tampoco lo estoy, me cohibo con las sonrisas sugerentes y sensuales de las féminas, pese a que disfruto mirarlas: me pongo rígido y no tengo idea de qué mueca estúpida se dibuja en mi cara (tal vez es mejor no saberlo).

Pero hubo reacciones que no se explicaban de aquél modo.

Algunos me miraban con desaprobación, otras personas con sorpresa, o como si fuera un bicho raro. Incluso en algunos pocos rostros se dibujaba una expresión de dolor. O simplemente miraban para otro lado, como evitando ver un fantasma.

Yo no entendía a qué podía deberse.

Me toqué el rostro. En una de esas tengo una herida, o pasta de dientes en la comisura de los labios o la punta de mi nariz, pensé. Pero al palpar mi cara pude ver que mi rostro no era el problema. Revisé mi ropa y todo estaba en orden… y esa mañana, como todas, me bañé, así que hediondo no andaba.

De hecho, no parecía haber nada anormal conmigo.

Cuando llegué a la pega, una compañera me abre la puerta y su “saludo” me dio todas las respuestas:

¡¡Weon, como podís andar en polera!!

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