• Marcos Maturana

Un paseo por el parque

Como de costumbre, aquel fin de semana me encontraba caminando tranquilamente por el parque, mi parque; entre los bellos robles, cuyo follaje formaba un arcoíris otoñal digno de admiración, cubiertos de hojas amarillas, naranjas, rojas, violetas y muchos colores más, parecidos a esos ¡Tienen que venir a mi parque! Sobretodo en otoño, porque además de ser muy bonito y la hierba oler muy bien, ya en esas fechas no hace tanto calor y… bueno, mejor les sigo contando lo que me pasó aquel día…

Estaba dando mi caminata acostumbrada por mis dominios y disfrutando de la vida y la naturaleza cuando, de pronto, llegué junto al riachuelo en que suelo beber agua bien fresquita que corre ahí para saciar mi sed. ¡Me gusta mucho ese río! En verano, cuando hace calor, me baño allí para refrescarme; es genial darse un chapuzón después de correr y… bueno… Volviendo a la historia, resulta que ahí me encontré con un grupo de excursionistas, que cargaban grandes mochilas y en cuyos rostros se reflejaba el cansancio propio de una larga jornada.

“¡Qué bien! ¡Gente, nuevos amigos!” Pensé, contento por tener visitantes en mis tierras – de vez en cuando vienen exploradores, y bueno, suelo dejarles pasar.

Así que, con mucho entusiasmo, corrí en dirección a ellos y les saludé. Es que me gusta mucho compartir con la gente y, como dueño de casa, debo ser buen anfitrión ¿no creen?

Mientras armaban su campamento, yo disfrutaba de su compañía y les daba la bienvenida. Yo les compartí mi parque y ellos me dieron comida, ¡un montón de cosas ricas! Pan, carne, galletas…, incluso me dieron a probar un poco de cerveza, pero no me gustó mucho.

Me mimaron mucho y me dejé querer.

Tan bien me cayeron que decidí acampar con ellos, y en su compañía pasé la noche y compartí la hermosa vista al firmamento, como sólo desde mi parque se puede apreciar…

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En un bello y frondoso bosque de robles de diferentes colores, pintado como cada año por el otoño en estas fechas, un simpático can se paseaba como si en su casa estuviera, en los senderos cubiertos por las hojas ya caídas que esperan pacientes ser uno con la tierra.

Nacido y criado ahí, conocedor mejor que cualquiera de cada detalle, formas y olores de los caminos que atraviesan la exuberante arboleda, no cabía duda que aquél era su hogar.

En su acostumbrada caminata en busca de grata compañía y nuevas amistades se encontró, junto al riachuelo donde suele beber para calmar su sed, con un grupo de montañistas que sacaba igual provecho del limpio y refrescante líquido que en aquél cauce fluía. Este grupo de andinistas se encontraba realizando una travesía de un fin de semana; sin más intención que disfrutar de la naturaleza. El encuentro dio lugar a una apacible velada.

El perro, con su ternura y simpatía, se ganó al grupo de excursionistas que, en su cansancio, agradeció la cálida bienvenida de tan inesperado anfitrión. Tras armar el campamento, los miembros de aquél grupo, repitiendo el ritual que recuerda y revive el lazo ancestral de fraternidad entre ambas especies – uno más antiguo que cualquier historia que haya sido jamás contada –, invitaron al simpático perro a comer y compartir la cena en torno a las cocinillas portátiles.

Recibiendo alimentos y caricias, de más está decir lo feliz que se sintió el amigo peludo de cuatro patas con todos los manjares que comió en aquél inesperado banquete que la vida le regalaba, junto a sus nuevos amigos, todos juntos bajo el manto de estrellas que da vida al profundo cielo nocturno…

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