• Marcos Maturana

No voy a salir

¡Lucas! Escuchaba llamar, pero no había respuesta.

No pienso salir…

Podía escuchar a lo lejos que aún pronunciaban su nombre, y los pasos de su perseguidor que se acercaban por el pasillo.

No, yo aquí me quedo y no me muevo...

¡Lucaaas! El llamado sonaba con más urgencia. La voz masculina, apremiante, insistía en contactarle, mientras el aludido escuchaba en silencio.

Claro, cuando él quiere uno tiene que salir, pero cuando uno lo invita al weón… No, yo me quiero quedar aquí, además con el frío que hace afuera no salgo ni cagando...

Los pasos quien lo llamaba se acercaban más y más. En la voz se reflejaba no sólo apremio sino también enfado.

¡Aaah, así que está enojao el weóncito! Que se vaya a la chucha no más. Cuando uno lo invita nunca quiere salir, se hace de rogar y todo, y apenas pesca. Se las da de “importante” y cree que porque a veces me habla un poco y jugamos a la pelota de vez en cuando me voy a conformar… ¡Pues no! ¡Que salga solo!

¡Lucas! ¿dónde estás? Gritaba la voz, seguida de un murmullo indistinguible pero con claro tono de desesperación y algo de rabia.

Y ahora le da con que quiere salir conmigo. Antes de obligado no más me acompañaba el weón pajero… ¡Ah! Pero cuando lo invitaban a salir, no le costaba nada, incluso se pasaba horas frente al espejo el weón, como si peinándose y cambiándose de ropa se le pasara lo feo al saco wéa…

Las cavilaciones de Lucas se vieron interrumpidas cuando aquél entró a la habitación. El muchacho que lo buscaba no pudo verle, pues Lucas estaba bien escondido.

¡De aquí no me sacan ni cagando! ¡Qué se vaya sólo y a la chucha! ¡Y se quede allá! Además, siempre sale solo el weón y ahora le dio con que me quiere llevar, cuando normalmente con cuea juega conmigo si está aburrido y en el patio. ¡No, señor! Aquí la cosa no es cuando él quiere no más. Si yo no tengo ganas de ir a cagarme de frío afuera, nadie me puede obligar… menos ese weón feo y fome.

¿Mamá, has visto a Lucas? Gritó su perseguidor. ¡Anita! ¿El Lucas está contigo?... ¡Luuucaaas! Se escuchaba el llamado, a lo lejos.

Con la Anita salgo feliz. Ella siempre me lleva con ella, y jugamos en la plaza y todo. De hecho, hace una hora salimos juntos a pasear. Ella es bacán…

Sólo obtuvo respuestas negativas, pero ni Anita, su hermana, ni su madre parecían estar preocupadas. ¡Busca debajo de las camas! Sugirió su madre.

Mierda…

El muchacho se agachó, y de rodillas con las manos apoyadas en el suelo acercó su cabeza al piso y miró bajo la cama. Lucas cerró los ojos y contuvo la respiración, mientras el muchacho lo llamaba…

El muchacho sólo vio la negra oscuridad bajo el catre.

¡No, aquí no está! gritó el muchacho ¡Pucha, se me va a pasar la hora del salvo conducto! ¿Dónde está el perro? ¡¡Lucas!! Gritaba el muchacho mientras seguía buscando por la casa.

¿YYYY? No es mi problema. ¡¡Me importa 3 hectáreas de p*** que no podai salir!!... A ver si así aprende…

Ignorando las llamadas del molesto muchacho, Lucas se quedó en su escondite, bajo la cama de su propio perseguidor, quien continuó buscándole – sin obtener resultados – para pasear, o más bien, usar al perro como excusa para evitar el encierro exigido por la cuarentena.

¡Quédate en la casa, no más! Weón irresponsable…

Camuflándole en la oscuridad, su pelaje negro le permitió escapar a la mirada del muchacho; y ahí se quedó Lucas hasta la hora de once, momento en que sabía que podría conseguir unas piezas de pan recién horneado que tan rico le quedaba a la mamá de los chicos.

… y déjame dormir ¡Humm!

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