La Primera Noche

Actualizado: jul 23

3, 2, 1.

¡Feliz año nuevo!

Gritos ensordecedores me rodearon. Aplausos, bocinas, risas y llantos. Abracé a mamá, a papá, a los abuelos y un par de primos. Luego de cada saludo, de cada felicitación, buenos deseos y demás palabras de buena crianza, debía girar sobre mis talones para recibir otro abrazo y reiniciar el ritual.

Hasta que una copa de champaña apareció frente a mí.

Rafael.

Mi respiración se detuvo, los sonidos a mi alrededor parecieron alejarse y mis ojos no podían ver otra cosa que no fueran sus ojos. Extendí una mano para recibir la bebida y él, aprovechando la situación, me sujetó por la muñeca y comenzó a guiarme rápida pero delicadamente por entre la multitud.

Alguien puede vernos, pensé… Sí, pensé, pero mi corazón golpeaba con tanta fuerza en mi pecho que no conseguía ordenar mis ideas.

Sosteniendo aún la copa, me dejé llevar. Nos alejábamos más y más, dejando atrás el bullicio de las voces y la música. Solo nos detuvimos cuando las luces de la iglesia y los focos improvisados por la comunidad isleña se encontraron ya muy lejos de nosotros, cuando solo nos vimos iluminados por la luz de la luna menguante que se dejaba caer con suavidad sobre la tierra, la hierba y la caseta en la que nos ocultamos.

Tin.

Él también llevaba una copa en la mano.

–Feliz año nuevo –me dijo luego de chocar nuestros vasos.

Abrí la boca para responder, pero los nervios me enmudecieron. Él leyó mis pensamientos.

–No digas nada, ya lo dijiste todo. Ahora debes conocer mi respuesta.

Y, dicho esto, sus labios se pegaron a los míos.

Poco antes de cerrar ese semestre, declaré mi amor a mi profesor de la universidad. Un par de semanas después, me encontraba entre sus brazos, besándolo con toda la pasión que debí reprimir por dos largos años, aferrándome a su camisa.

Pero era prohibido. Y yo lo sabía.

Entre suspiros, le recordé nuestra diferencia de edad, le recordé que era un hombre casado, que eso estaba mal. Él respondió llevando mi mano a su entrepierna.

–Tú provocaste esto, hazte cargo –susurra él en mi oído.

Sentí su erección a través de la ropa y me estremecí, ya no podía soportar más aquella tensión. Me abalancé a sus labios y los besé con violencia. Las copas acabaron en el suelo cuando él me apartó de golpe para comenzar a desnudarme. Mi abrigo, mi blusa, mi falda. Prenda tras prenda, acabaron todas en el suelo en poco tiempo. Entonces nos detuvimos. Sin que me tocara, pude sentir su mirada rodando sobre la piel de mis pechos, de mi cintura, de mis muslos.

Paf.

Se pegó a mí otra vez.

Me acorraló contra la pared comenzó a besar y lamer mi cuello con una ansiedad hasta entonces desconocida para mí, mientras se deshacía de mi ropa interior. Sus manos comenzaron a dibujar círculos sobre mis senos ya desnudos, apretando y soltando, para luego comenzar a jugar con mis pezones usando primero sus dedos y luego su lengua. Suspirando de placer, mordí uno de mis dedos. Era demasiado hábil, lamía y mordía en las zonas exactas, haciéndome estremecer, temblar, mojar…


Rafael.

Lo vi erguirse nuevamente ante mí y decidí que era mi turno. Busqué su boca y volví a besarlo. Llevé mis manos hasta su pantalón, solté el botón y bajé el cierre. Descubrí su miembro. Se sentía duro, erecto. Yo, nerviosa. No quería que se arrepintiera, no quería que me rechazara, no quería que me dejara, no así… no en ese estado, tan excitada. De pronto, él acarició mi mejilla y susurró mi nombre, quizás adivinando otra vez lo que me ocurría. Con un nuevo beso, el deseo volvió a apoderarse de mí, quería satisfacerlo. Me arrodillé ante él y comencé a acariciar su sexo con suavidad y firmeza a la vez, sin dejar de mirarlo.

¿Cuántas veces soñé con un momento como ese? ¿Cuánto había deseado poder atenderlo de esa forma? ¿Cuánto había añorado escuchar sus jadeos?

Acerqué mi lengua a su sexo y lamí, lentamente, desde la base hasta la punta, dejando una pequeña huella de saliva tras mi lengua, sin soltar su miembro. Repetí la acción una y otra vez, procurando mojar, humedecer cada centímetro antes de abrir mi boca, cerrar mis ojos y deslizar mis labios para introducirlo completamente.

Rafael suspiró.

Sentí una de sus manos enredarse entre mis cabellos mientras me pedía que continuara.

Como si pudiera detenerme.

Comencé a subir y bajar por su pene, despacio, siempre acariciando con mi lengua, mientras sentía que mi zona íntima se preparaba para recibirlo. Gemí cuando aumenté la velocidad de mis movimientos y me sostuve de sus fuertes muslos para no perder el equilibrio. Pero cada vez soportaba menos. Para mi fortuna, no debí esperar demasiado para que él me interrumpiera.

–Date vuelta –fueron sus palabras. Y se quitó la camisa.

Solté su miembro y tragué saliva.

Al levantar la mirada, me perdí ante la imagen de su torso desnudo, su pecho fuerte y bien trabajado, sus brazos firmes… hasta que él me sujetó por los hombros y me obligó a girar. Y yo me dejé. Llevé mis manos hacia la pared de aquella escueta construcción y me incliné hacia adelante, nerviosa.

–No te preocupes, seré suave –me dijo.

Pensé en pedirle que no lo fuera, que me tomara rápido, que entrara de una vez y que me hiciera gritar. Quise decirle pasé noches enteras deseando que llegara ese momento, que con cada clase lo deseaba más y más... pero apreté mis labios. No dije nada.

Agaché la cabeza al sentir que la punta de su sexo rozaba mi entrada, como si fuera necesario confirmar que estaba húmeda, como si no llevara una eternidad esperándolo.

Hasta que, sin avisar, entró.

Rafael irrumpió en mi cuerpo y llegó tan profundo como podía. Hasta mi alma, sentí, y después de gemir, solté un cálido suspiro de alivio. Por fin lo tenía dentro.

Sus manos se aferraron a mis caderas y comenzó a moverse lentamente, deslizando su pene en mi interior.

Afuera, adentro, afuera, adentro, afuera…

Hasta que me embistió.

Pam.

Un gemido escapó de mis labios al sentir aquel golpe dentro de mí. El dolor y el placer se mezclaron, se hicieron uno y se expresaron a través de palabras.

–¡Más fuerte! –Le supliqué con un hilo de voz– ¡Más rápido! –Imploré, mientras yo misma movía mi cuerpo para buscarlo.

Él respondió, pero con sus movimientos.

Pam. Pam. Pam.

Sujetaba con fuerza mis caderas mientras movía las suyas con más velocidad y golpeaba mi interior con más fuerza. Mis pechos se balanceaban libremente hasta que él, inclinándose hacia delante, los sujetó con sus manos y los apretó sin dejar de embestirme.

–Siempre quise hacer esto –le escuché decir junto a mi oído, entre jadeos.

Pam. Pam. Pam.

Y comenzó a embestir con más fuerza.

Pam. Pam. Pam.

Soltó mis pechos y atrapó mis muñecas, llevándolas a mi espalda para sujetarse de ellas mientras golpeaba mi interior con más intensidad, haciéndome gemir más y más fuerte.

Pam. Pam. Pam.

Las paredes de mi entrada comenzaron a cerrarse alrededor de su sexo y sentí que mi cuerpo estaba llegando a su límite. Ya no podía contener mis gritos de placer. Rafael me estaba haciendo suya, tal como siempre deseé.

–¡Ya no puedo más! –Dijo él.

–¡Hazlo! ¡Hazlo dentro de mí! –Respondí totalmente entregada al éxtasis, al frenesí.

Mi interior se contrajo de golpe, apretando su miembro y liberando el orgasmo por todo mi cuerpo, acompañado por un grito que ni pude ni quise callar. Lo sentí moverse un poco más y, luego, el palpitar de su sexo dentro de mí me hizo saber que ambos habíamos llegado.

Durante algunos segundos, lo único que pude escuchar eran nuestros jadeos, hasta que lo sentí abandonar mi cuerpo. Al liberar mis muñecas, sujetó suavemente una de mis manos, me volteó y me besó en los labios con ternura antes de responder a mi confesión.

–Yo también te amo.

0 vistas

©2020 por Nuestros Cuentos. Creada con Wix.com

This site was designed with the
.com
website builder. Create your website today.
Start Now