La Marcha

Pese al dolor de sus rodillas viejas, Sonia se agachó cubriendo su cara con sus manos. Era tan fuerte la comezón de su nariz que casi no podía respirar.

Siguió acurrucada un rato. Alguien le tendió la mano y pudo levantarse.

Estaba mojada, adolorida y confundida con el humo y el ruido y, aunque no podía ver con claridad, se inclinó mirando en el suelo hasta que encontró la pancarta que había alzado antes de que llegara el guanaco.

<<¡UNA VEJEZ DIGNA!>> decía con letras sencillas. La levantó y dobló con cuidado, caminó al paradero y tres horas después llegó a su casa.

Se sacó la ropa y la puso en la antigua y única lavadora que había tenido, y que había comprado con su primer sueldo de profesora normalista hacía más de cuarenta años, luego extendió la pancarta aún algo mojada sobre la esquina de la mesa, y trató de quitarle las arrugas. Se sentó en la otra esquina y comió la media marraqueta que le sobró de la mañana.

Caminando con dificultad y ya cansada por la aventura vivida, se tendió en la cama y prendió la tele para ver las noticias de la marcha.

–Este fue el mejor día de mi vida, Nicanor– le dijo a la foto de su viejo que estaba colgada en la muralla.

Photo by Jorge Fernández Salas on Unsplash

0 vistas

©2020 por Nuestros Cuentos. Creada con Wix.com

This site was designed with the
.com
website builder. Create your website today.
Start Now