La Herencia

Actualizado: ago 26

Martín murió a los treinta y cuatro años, un veintiuno de septiembre de 1973. Venía de un partido de fútbol, era tarde, estaba oscuro y en medio del toque de queda cruzó la calle y un auto le arrebató la vida.

La muerte de Martín marcó mi destino y, aunque alcanzó a amarme con locura sólo un año, me mantuvo buscando su huella por mucho tiempo. Lo busqué en mis relaciones de pareja, en mis amigos, prácticamente todos mis referentes masculinos tienen algo de aquello que yo creí que él tendría.

Siempre que pregunto por él mi mamá llora y no dice demasiado

-¡era tan bueno tu papá!- eso es todo y su mirada queda fija mirando el horizonte.

La parroquia del pueblo también fue protagonista de mi búsqueda. El lugar reservado para las guachas del hogar era en la fila de la izquierda en la parte trasera. En la fila del frente, entre las señoras de bien, siempre estaba una tía que, desde ahí, me sacudía su mano en señal de saludo.Yo esperaba algún descuido de la monja, miraba al gran Jesús y le pedía permiso, él me cerraba un ojo con tierna discreción y yo cruzaba a saludar a mi tía. Ella en voz bajita me decía

-¡tanto que quise a mi hermanito!-. Nunca entendí porque tanto amor no alcanzó para hacerme una visita al hogar en esos diez años, para una invitación de domingo en la tarde a comer las tortas que preparaba y que la hacían tener la fama de la mejor repostera del pueblo, para un regalito navideño o simplemente para pasar la tarde con la hija del hermano aquel a quien tanto amó (tanto amor no alcanzó para mi).

En más de alguna oportunidad algún desconocido se acercó a preguntar si yo era la hija del Martín, yo me alegraba de esos episodios, alucinaba con la idea de escuchar fantásticas historias sobre él, pero siempre era lo mismo, lo inteligente, carismático, simpático y entretenido que era, lo mucho que le gustaba pasar tiempo con sus amigos y lo impresionados que quedaron todos cuando decidió casarse con mi mamá, dado el gran éxito que tenía con las mujeres. Este último antecedente tuvo gran relevancia tiempo después cuando supe de la existencia de dos hijas que nunca reconoció. Una de ellas se acercó con franco interés en formar un vínculo conmigo y reencontrarse con la historia de mi padre, yo me negué debido a la falta de información que podía entregarle pero, por sobre todo, porque nunca me han gustado los abrazos de desconocidos, los llantos innecesarios y los momentos emotivos que no logran más que volverme vulnerable.

Ha ido pasando el tiempo y ya dejé de buscar a ese hombre que nada dejó para mí. Sólo quedan recuerdos vagos de su existencia en la vida de otros y una foto de carnet que llegó a mis manos y cuyo rostro en blanco y negro me recuerda a la foto del hombre amable en la pared de la Emilia, foto que, con seguridad, alguno de mis tíos guarda como tesoro en recuerdo de ese hombre que tanto amaron. Cuando mi abuela murió nadie pensó que todo lo de mi padre me pertenecía, simplemente dejé de existir con su partida.

Hace algunos días tomé un taxi. Era un viaje largo al aeropuerto y no pude negarme a una charla con el taxista. El clima, las noticias, la política y la economía son los típicos temas por los que todo pasajero y conductor se deslizan en una conversación que más tiene por objeto pasar el tiempo que conocer la opinión del otro. De pronto y de la nada hablé de las vacaciones en Traiguén y su sonrisa me indicó que teníamos algo en común -yo fui carabinero y viví allá- dijo con orgullo, curiosamente me había enterado de que Martín también fue carabinero en su juventud y para continuar la charla añadí sin ninguna expectativa -mi papá también-

-¿Cómo se llama su papá?

-Se llamaba Martín R... pero murió hace mucho- contesté con voz aburrida y sin ninguna emoción.

El hombre detuvo el taxi, se volvió hacia mi y dijo -¿eres la hija del "curadito" Martín?...¡era tan buen amigo tu papá, yo lo quise mucho! , que pena que el trago se lo haya llevado tan joven-

Como adivinando el efecto de su impertinencia, puso otra vez el auto en marcha y no volvió a dirigirme la palabra.

Los veinte minutos restantes fueron eternos y mirando por la ventana por fin descubrí quien fue Martín y que todos los acontecimientos de mi vida fueron el resultado de la suya, comprendí el silencio de mi familia y la mirada perdida de mi madre.

Finalmente supe que su vida no fue lo que imaginé y, para mi asombro, las breves frases de ese desconocido me provocaron dolor, pena y vergüenza y con una rabia tremenda tuve que aceptar que esos inesperados y dolorosos sentimientos eran la verdadera y única herencia que me dejó mi padre.







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