La Gran Puerta

Actualizado: ene 14



No podía llorar, estaba allí sentada en la vereda frente a la que fue mi casa por diez años sin saber que hacer. Sentía mi corazón latiendo con furia, mi cuerpo temblaba, mis dientes apretados me dolían y no podía controlar el movimiento de mis manos...pero no podía llorar.

Tenía diecisiete años y mis únicas pertenencias eran un pañuelo que había bordado con mis iniciales, un nuevo testamento, una estampita de la virgen, un par de diplomas obtenidos en algunos concursos del liceo y un cepillo de dientes. Todo estaba perfectamente puesto en una pequeña caja de cartón con letras rojas de Lucchetti.

Un par de horas antes, la monja me llamó a su oficina y puso la caja en mis manos

– Ya es hora de que te hagas cargo de ti misma, recuerda que Dios siempre te estará mirando...-

Mi mente se alejó de sus palabras y puse mi atención en los infinitos cuadros con Santos y Santas que colgaban, unos junto a otros, en las blancas paredes. En el centro de la sala, justo en la espalda de su silla, se imponía una gran cruz azul con unas cintas rojas de lado a lado y en el escritorio un pequeño cuadro que decía con artistísticas letras doradas "DIOS TE AMA".

Sus manos blancas y pulcras se movían de un lado para otro acompañando el movimiento de sus labios, yo completamente sorda me detuve en sus cejas arqueadas sin movimiento, que le daban un aspecto preocupado y molesto. ( Esa hija de Dios no parecía se muy amada).

De pronto dejó de hablar, con la caja en mis manos salí por la misma gran puerta por la que diez años antes había entrado de su mano.

Sentada en la vereda, mirando ese edificio, puede recordar la primera noche en que tuve que dormir sola, lejos de los brazos de mi abuela y recordé cuando mi pequeño cuerpo se enfermó, mi boca se convirtió en una gran costra llena de Herpes, mis ojos apenas querían abrirse y no querían mirar esa realidad. De pronto ya no me pude levantar.

-Esta niña está enferma de pena- dijo el doctor que trajeron las monjas.

Esos cuarenta y cinco días de soledad los pasé en silencio, la luz del día lastimaba mis ojos y la oscuridad de la noche atemorizaba mi alma, pero no hubo lágrimas.

Tampoco las hubo cuando cortaron a machetazos mi largo y negro pelo, ni cuando me tocó el primer lavado de lindano. Desde entonces, cada febrero, grandes y pequeñas desfilábamos desnudas y con frio, hacia el final de ese pasillo, allí nos esperaba una brocha que pintaba nuestros cuerpos con esa mezcla mal oliente de humillación y vergüenza.

EL primer castigo llegó a los 5 meses de mi llegada, tuve la mala idea de reír con ganas de alguna tontería. Cuando apareció la tía Ana, abrió mi cama y me tomó del pelo con violencia. Me obligó a subir por una pequeña escalerilla que llevaba al desván, abrió el candado y me dejó allí toda la noche. Estaba oscuro y con la poca luz del cielo que entraba por una ventanita del techo, pude ver el montón de colchones arrumbados en una esquina y los muebles viejos llenos de telarañas.

Mi pequeño corazón latía, los murciélagos pasaban por sobre mi cabeza y podía escuchar los pasitos de los ratones en su ir y venir. Tenía miedo y frio, mi única protección era una manta sucia que encontré en el colchón tirado en un rincón, que obviamente era usado con regularidad por la castigada de turno y que me sirvió en las tantas noches de aislamiento en ese lugar.

Miraba el pequeño pedacito de cielo y pinchaba los puntitos brillantes con mis dedos, pensaba en que tal vez, si tocaba la luz correcta, vendría por mí la muerte y me llevaría junto a Martín que estaba allá brillando con las estrellas. Pero a pesar del miedo, el frio, la soledad y la tristeza, no lloré.

Cuando vomité en mi plato por primera vez esa mezcla de arroz y pescado revuelto, y tuve que permanecer sentada hasta volver a tragarlo todo, cuando no soportaban el dolor por las horas que pasé arrodillada en la capilla por haber llegado tarde a la oración de la mañana, o cuando los palos del escobillón quedaban marcados en mis piernas por haber desatado la ira de las tías por alguna tontería, o cuando mojaba la cama y debía soportar las duchas frías y la humillación…nunca lloré.

Tenía catorce años cuando tuve mi primer periodo. El dolor insoportable de mi vientre, los vómitos inexplicables, el dolor de cabeza, el desgano de mi cuerpo, no fueron suficientes para borrar la risa de la Tía Ana, que no dudó en humillarme exhibiendo ante todas, la mancha roja en mi ropa. Nadie me dijo lo que me pasaba y aprendí a esa edad que ser mujer sería doloroso.

Recordé la cara de la monja que sacudía un sobre frente a mí, hablaba de pecado, de suciedad, de asco… como resultado, terminé castigada lavando centenares de platos, pelando toneladas de papas que rompieron mis manos y arrancando maleza del huerto. Todo siempre acompañado de amenazas de la ira de Dios y una larga vida en el infierno. Algún joven pretendiente que nunca descubrí tuvo la mala idea de dejar en la entrada un sobre con mi nombre.

Mi momento más feliz era cuando llegaba el Tío Claudio, un psicólogo que nos visitaba cada cierto tiempo y al cual las monjas me mandaban para aplacar mi mal comportamiento. Él me escuchaba, yo adoraba esas fabulosas y entretenidas hojas llenas de preguntas y desafíos, ese momento entre él y yo era feliz, su sonrisa amable me brindaba tranquilidad. Un día escuché al tío Claudio hablando con la monja, ella le discutía enojada, él le hablaba sobre mí…

- Ella es brillante, sólo está aburrida-

-Todas son iguales, acá nadie es especial- dijo la monja.

No entendí el significado de esas palabras, pero me parecieron bellas y por primera vez un sentimiento de autoestima infló mi pecho. Haber escuchado esa conversación, escondida tras la puerta, me sirvió para creer que todo lo que yo quisiera en este mundo, lo podría conseguir <<SOY BRILLANTE>> me repetía cuando me dolía la vida. Pero por otro lado la monja se obsesionó conmigo y me convertí en el ejemplo diabólico al cual debía corregir.

Recordé ese verano en que llevaron al tío Jovino, se encargaba de mantenernos ocupadas con horas de ejercicios. Nos ponía en filas, nos besaba cerca de la boca y con una palmadita en el trasero, nos ponía en agobiante actividad. Tuve la mala suerte de recibir sus cariños extras y sus dedos en mi pecho son un recuerdo asqueroso. Mala idea tuve al comentarlo, la lujuriosa y provocadora fui yo y los castigos por mentirosa y pecadora, se incrementaron, los tirones de patilla, los coscorrones, los apretones de brazos, los gritos...

–¡llora cabra de mierda!- decía la Tía Gladys, enojada porque yo no derramaba ni una lágrima,

Un fin de semana fui al campo a visitar a la Carmen, estaba sola en la casa cuando llegó un primo. Venía tambaleándose ebrio y sucio. Puso sus manos sobre mí, golpeó mi cara y apretó mis brazos. Yo creo que los milagros existen, porque con el forcejeo y gracias a su ebriedad, cayó de espaldas y yo y me escondí entre los árboles del cerro. Cuando llegué al hogar le conté a una amiga, que le contó a la tía, que le contó a la monja, que le contó a mi madre…pero nadie me creyó. Y estuve nuevamente castigada por sucia y pecadora. Muchos años después me enteré de que el primito pasó varios años preso por abuso de menores.

Algo parecido ocurrió en el campamento de verano en que desaparecí un par de horas. El cuidador del campamento, un hombre de Villarrica, me encerró en una bodega, se sentó frente a mí, hizo un gesto de silencio con su dedo y por largo rato se sentó en un tronco, me miró y lentamente realizó su acto auto satisfactorio. Yo estaba parada frente a él sin hablar, apenas podía respirar, me sobresalté cuando de pronto, se acercó, me besó la mejilla y tocó mil labios con sus dedos asquerosos y mojados y me dijo en un susurro

-Te portaste bien mocosa- Luego abrió la puerta y me dejó salir.

Eran las nueve de la noche cuando aparecí, estaban todas comiendo en las mesas puestas bajo los árboles, todas me miraron asustadas y la monja tomó mi brazo y me obligó a permanecer de rodillas sobre la tierra el resto de lo que duró la cena. Nunca me preguntaron dónde estaba, sólo fui castigada como siempre y durante lo que quedó del campamento, se les prohibió a todas dirigirme la palabra.

Yo guardé el secreto de ese hombre, me encontraba con él de frente, me miraba y pasaba la lengua por sus labios y yo simplemente agachaba la cabeza.

Es curioso lo que pasa conmigo, no siento nada cuando pienso en ello, nada ocurre en mí y hoy como entonces, tampoco lloré.

Tampoco sentía nada cada domingo después de misa, cuando paseábamos de esquina a esquina hasta llegar al final de la calle principal del pueblo, vestidas con la ropa que llegaba al hogar de la mano de las distinguidas señoras del pueblo. Las wachitas del hogar caminábamos como zombis y mirábamos discretamente a las niñitas de las señoras de bien, que paseaban por la vereda del frente con sus atuendos de domingo y sus helados coloridos. Cuando mis devotas tías sacudían sus manos y me daban una sonrisa fingida y mis primas me miraban como a una desconocida yo no sentía nada...

Muchas cosas vinieron a mis recuerdos en esas horas, casi todos recuerdos dolorosos y tristezas infinitas. Nada feliz vino a mi mente, cada recuerdo era un castigo, un grito, un golpe.

Largas tardes de rodillas frente a ese Cristo que parecía más sufriente que yo, tantas veces le supliqué que se llevara a la monja, que me llevara a mi, que el mundo explotara. Nunca me escuchó y siguió allí clavado, sufriente y ajeno a mi dolor. Finalmente decidí ignorarlo y mis tardes de capilla dejaron de ser de súplica y este hombre ensangrentado y triste se convirtió en motivo de mi desprecio.

Sentada en la vereda con la cara afirmada en mis rodillas, levantaba de vez en cuando la cabeza y veía a mis hermanas asomadas por las ventanas, algunas me hacían gestos con sus manos, otras reían y otras se quedaban ahí mirando quietas. A pesar de todos mis recuerdos, de lo doloroso que me resultaban, albergaba la pequeña esperanza de que la gran puerta se abriera y me permitiera volver al único lugar seguro que había conocido.

Pero la puerta no se abrió, las caras dejaron de asomarse por las ventanas, el sol se fue y se hizo de

noche, las luces de las casas se encendieron y los autos dejaron de pasar…pero la puerta no se abrió.

Entonces por primera vez estuve sola y tuve miedo y lloré….lloré…lloré y tuve más miedo y entonces me levanté y sequé mis lágrimas con mis manos y empecé a caminar sin rumbo y atrás quedó la gran puerta que no se abrió y la pequeña caja vacía de recuerdos…


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