La Despedida


La Emilia me peinó el cabello con dos trenzas tan tirantes que sentía que la frente me dolía, puso en cada una una cinta blanca y mientras desarrollaba todo ese elaborado peinado en mi cabeza yo podía sentir la tristeza al ver sus ojos húmedos.

- ¡PERDÓNAME HIJITO!- repetía en voz bajita una y otra vez.

Yo miraba mis zapatos recién lustrados y mientras balanceaba mis piernas trataba de entender que hacia vestida de uniforme un domingo en la mañana.

Ella llevaba su pelo corto y siempre bien peinado, se puso su ropa de misa y su olor a colonia inglesa invadió toda la casa.

Me dejó sentada - ¡no te muevas!- dijo fríamente y empezó a darse vueltas por todos lados. Me quedé en esa vieja silla de mimbre llena de cojines en la que ella acostumbraba a sentarse a mirar la teleserie de la tarde.

Mientras mis piernas mantenían el balanceo me puse a mirar las fotos de la pared y por primera vez me fijé en un delgado hombre con sonrisa amable que, desde mi lugar, parecía mirarme con ternura. Tantas veces miré a toda esa gente ahí en sus marcos y jamás habían despertado mi interés, todos eran grises y serios. Señoras con vestidos esponjosos que parecían de otro tiempo y hombres con sombrero a los cuales parecía que alguien les había prohibido sonreír.

Pero este hombre amable que me miraba fijamente me mantuvo quieta en la silla y yo, un poco intimidada, me agachaba fijando nuevamente la mirada en mis zapatos relucientes, pero al levantar mi cabeza nuevamente estaba ahí.

Tratando de huir de su insistencia busqué en la habitación algo que me permitiera evadirlo, nunca había puesto mi atención en las figuritas de cerámica y en el sinfín de cachivaches que la Emilia tenía distribuidos en los pocos muebles que vestían la habitación. Era una casa sencilla, pequeña y decorada con sobriedad. Los pasillos despejados me permitían correr libremente por lo que nunca reparé en esos detalles. Un par de sillones puestos sobre la alfombra, la silla de mimbre en la que me dejó sentada, una mesita de centro cuyo único adorno era un cenicero que nadie usaba y las flores del jardín que sagradamente cambiaba cada domingo.

De pronto volvió con su abrigo puesto, traía en el brazo la carterita negra de cuero que hacía juego con sus zapatos y los labios levemente pintados de rosa le daban un aspecto diferente al habitual. Se acercó a la pared, puso sus dedos sobre el rostro del hombre amable que no había dejado de mirarme y le acarició como si creyera que estaba presente... -¡perdón hijito!- le repitió. Me miró y me dijo -esta foto será tuya cuando yo me muera-.

La Emilia me tomó de la mano, abrió la puerta y salimos de la casa, cerró de un golpe y mirándome de reojo dijo -estamos atrasadas, debemos apurarnos- luego apuró el paso y no volvimos a detenernos.

Mis pequeños dedos estaban tan apretados dentro de su mano, la sentía húmeda y caliente. Ella me tiraba y no paraba de caminar por las calles vacías de Traiguén que a esa hora aún no iniciaban la marcha de gente a la misa de domingo.

Fue un camino largo, eterno para mis pequeños pies y mientras trataba de mantener el ritmo no dejaba de escuchar a la Emilia que repetía a cada tanto ¡perdón hijito…perdón!

Cuando llegamos frente a una puerta, que me pareció gigante, agachó su viejo cuerpo cansado, humedeció su puño con saliva y volvió a limpiarme los zapatos, luego se levantó y tocó la campanilla y mientras secaba su frente humedecida por la larga caminata, la gran puerta se abrió, apareció una monja fría y triste que me tomó de la mano.

-¡Estudie mucho mijita!- fue todo lo que me dijo, miró a la monja y sacudiendo su mano dijo adiós.

No supe que decir y con sólo 7 años entendí que esa sería la última vez que vería a mi abuela.

Sentí mi cuerpo congelado y ningún sentimiento se hizo presente, mis ojos no derramaron ninguna lágrima y mi boca no gritó ante el abandono, sólo caminé de la mano de la monja que me llevó al patio de ese enorme lugar lleno de niñas tristes con las que pasaría los próximos 10 años de mi incierta nueva vida.

Siempre pienso en como fue el regreso de la Emilia a casa, la imagino llorando por las dos, sintiendo por las dos, gritando por las dos y rogando al hombre con rostro amable de la pared que la perdone.


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