Fin del Juego

La cámara enfoca primero el reconocido restaurante “El Purgatorio”, el único restaurante… bueno, del purgatorio. Un edificio de cuatro simples paredes ocres escasamente adornado, con dos ventanas por delante, una ventana a cada lado y ninguna en la parte trasera; techo plano de color café y un letrero con su nombre. No tenía mucha competencia para venderse mejor. A su alrededor, algunos hombres y mujeres caminaban sin rumbo; los más “despiertos”, entraban al restaurante.

Adentro pasaban muchas cosas, pero, para efectos de lo que nos interesa, se enfoca un rincón al fondo del lugar, lejos de las ventanas. Una mujer joven, esbelta y monocromática -cabellos blancos y vestido, piel y uñas negras- tamborileaba los dedos sobre la mesa.

—¿Espera a alguien? —preguntó la mesera que se acercó a atenderla.

—Sí —respondió la mujer con un resoplido.

La dependienta asintió y se alejó rápidamente con la misma cara que llegó: cara de nada.

—Disculpa la tardanza, había mucho tráfico.

Un hombre se materializó junto a ella. Un hombre conocido, vestido con un traje ajustado de cuerpo completo color caqui y una larga capa de cuello alto color fucsia.

—¿De cuándo vienes? —preguntó la mujer alzando una ceja.

—Del 2500 —respondió el hombre—, ¡Hey! —Llamó a la mesera— ¿Podrías traerme uno de esos… lo que sea que tengan aquí? ¡El camino me dejó hambriento!

—¿Cómo puede haber tráfico para viajar en el tiempo?

—¡Uf! Que no te escuche Gravedad, sus Hoyos Negros son sus favoritos —respondió mientras acomodaba su capa detrás de la silla.

La mesera aparece otra vez en escena, con la misma cara, llevando un plato de… lo que fuera que tuvieran ahí y lo deja en la mesa para ellos. Luego desaparece. Bueno, no, solo sale de cámara.

—¿Y la capa? —siguió cuestionando la mujer mientras el hombre se llevaba una de esas cosas a la boca.

—Están de moda —dijo con la boca llena—, fue la Reina Isabel.

—¿¡Sigue viva!?

—La clonaron.

—¡Simios estúpidos!

La mujer puso los ojos en blanco. Seguro estaba pensando que los humanos eran un desperdicio de recursos.

—¿Y por qué los tatuajes en la cara? —preguntó entonces el hombre, después de haber tragado— Es como si se te vieran los huesos.

Soltó una carcajada que resonó en todo el lugar. Migas multicolores de la cosa que comía el hombre saltaron a su acompañante.

—Soy la Muerte —respondió ella mientras se limpiaba con la nariz arrugada—, tengo una reputación que cuidar.

—Te preocupas demasiado, yo soy el Tiempo y aquí me ves, haciendo el ridículo en… ¿en qué año estamos ahora?

—2020.

—Eso, dos mil… ¿¡En serio!? —el hombre revisó un extraño reloj de bolsillo que llevaba en… bueno, su bolsillo. Sí, muy cliché todo— Es el año de la pandemia, ¿no?

La mujer asintió en silencio, esbozando una maligna sonrisa.

—¡Ya entiendo! —Tiempo guardó su reloj y se echó otra cosa de esas a la boca— Por eso me llamaste, ¿Quieres… CONOCER TU FUTURO?

Hizo extraños movimientos con las manos en el aire, tal vez para agregarle misticismo a la pregunta, pero Muerte solo dejó de sonreír y negó con la cabeza.

—Basta de tonterías, Tiempo, dime, ¿qué es de Vida?

Él, que ya se había echado otra cosa a la boca, la miró extrañado, encogiéndose de hombros.

—¿Qué es de qué? No entiendo tu pregunta.

Muerte frunció el ceño, comenzaba a desesperarse.

—¡Cuáles son sus planes! Si me dices que la Reina Isabel SIGUE VIVA en el 2500, asumo que los humanos aún existen. ¿No basta con una nueva pandemia? ¿¡Tengo que hacer estallar la tercera guerra mundial!?

Tiempo volvió a encogerse de hombros y siguió comiendo cosas. Muy concentrado, por cierto.

—¿Y bien?

—¿Y bien, qué? —Respondió Tiempo, otra vez con la boca llena.

Muerte suspiró. Se le veía en la cara que estaba peleando con la impaciencia pues… bueno, estaba tratando con el Tiempo. El mismísimo.

—¿Cómo se salvará Vida de esta? ¿Qué tengo que hacer para terminar con la humanidad?

La risa de Tiempo fue tan fuerte, gangosa y molesta que todos en El Purgatorio se volvieron hacia la pareja. Muerte volvió a estar cubierta de migas de esa cosa.

—Querida —habló por fin Tiempo cuando dejó de reírse—, llevas milenios persiguiéndome por esto, pero mientras más te esfuerzas, más se superan ellos mismos. Deja que se maten entre sí, o usa a tus hijos: Codicia, Envidia o qué se yo. Aunque sin humanos ya no podré disfrutar de su deliciosa comida.

—¿De qué lado estás?

—Del tuyo, por supuest…

Tiempo no alcanzó a terminar de hablar, el teléfono de Muerte sonó y ella lo sacó para observar el mensaje.

—¡Tienes razón! Los simios humanos tienen déficit neuronal, ¡ya están tomando cloro para enfrentar la pandemia!

En ese momento, la que se rio fue Muerte. Guardó el teléfono, acomodó sus cabellos tras sus orejas y se puso de pie.

—Con permiso, no esperaré al 2500, tengo trabajo que hacer. Esos antivacunas y terraplanistas no se matarán solos.

Muerte se aleja del lugar y la escena termina en negro.


—¡Qué aburrido! —murmuró Tiempo, quitándose el casco de realidad virtual.

El joven reptiliano se incorporó, se alejó de su cama y fue hasta la computadora de estilo cuántico que lo esperaba a un costado de su cuarto. La pantalla mostraba una compleja operación matemática con el resultado de 0,34.

Resopló.

—Ni siquiera es habitable.

Posó entonces su dedo en la pantalla para seleccionar el archivo “Simulación Tierra” y lo borró.



79 vistas

Entradas Recientes

Ver todo

©2020 por Nuestros Cuentos. Creada con Wix.com

This site was designed with the
.com
website builder. Create your website today.
Start Now