• Marcos Maturana

Exploradores en el bosque

- ¡Te aseguro que no era de este mundo! - les contaba Momo a los demás. Sus ojos aún revelaban lo sorprendido que se sentía. Su voz sonaba temblorosa, poniendo al descubierto su temor, rasgo muy poco habitual en el muchacho - ¡Jamás he visto algo así!


Remo, el único adulto en ese pequeño grupo de exploradores, lo escuchaba con paciencia. Podía ver en la cara del jovencito, sobre todo en sus ojos, tan expresivos, que no mentía. El anciano lo conocía desde que nació, por lo cual le hubiese sido imposible mentirle.


- Hijo, tranquilo - dijo Remo en tono acogedor, aunque incrédulo -, ¿podrías repetir lo que nos has dicho?


Era medianoche. El cielo, completamente despejado y nítido, dominado por una luna llena que causaba fascinación, invitaba a la imaginación de extrañas cosas, sobre todo en la mente inquieta de los chicos. El anciano sabía que debía llamar a la prudencia, para evitar que su grupo se excite en demasía y fuesen invadidos por el miedo.


Tras repetir su relato, Momo continuó:


- ¡Es que lo juro!, nunca había visto algo así - dijo, alzando la voz a fin de expresar lo que sentía, y poder sobrellevar la propia inquietud que le embargaba -, yo creo que era un ser de otro mundo, súper raro, algo de lo que no hablan los relatos antiguos.


Los «relatos antiguos» referían a la historia del clan y el pueblo de Momo. Nadie se habría atrevido a citar o siquiera mencionarlos en una broma. Remo invitó al joven a que continuara contando lo que había descubierto.


- Tenían pelo sólo en la cabeza, pero era rojo como el fuego y la piel era de diferentes colores y algo rugosa, aunque ésta se estiraba y volvía a arrugar cuando se movían, y…


- ¿Cómo lo sabes si es de noche? Es imposible que vieras tanto detalle - preguntó Raco, otro joven interrumpiéndole.


La pregunta fue motivada, más que por la curiosidad, por la envidia que le daba el protagonismo de su compañero.


- Porque brillaba. ¡Eso Brillaba! - prosiguió Momo, tan excitado que apenas conseguía quedarse quieto -. De sus extremidades brotaba luz, como de la luna - señaló al astro con la mirada - y se veía todo como si fuera de día. Así de intensa era aquella luz que salía de sus manos. Pero lo más sorprendente era la intensidad de la luz de aquello que estaba atrás de esos dos seres que vi, esa cosa de donde salieron.


Ahí en el bosque, bajo la luz de la luna llena, la conversación se tornaba más animada. Los otros jóvenes del grupo escuchaban con más atención: Raco permanecía incrédulo y aún algo celoso. Los otros dos, tentados a dar crédito a sus palabras, comenzaban a sentirse motivados por la curiosidad y el temor.


- ¡Vamos a explorar! - propuso Vana, la única fémina del grupo de exploradores.


- ¿Estás loca? - replicó Timo, el otro que permanecía en silencio hasta entonces, mientras giraba su cabeza para mirarla -. No tenemos idea de lo que son capaces de hacer esas cosas.


- Es cierto - corroboró Momo, - si pueden brillar como el día, quizás de qué más son capaces.


- Y esa cosa brillante que tienen, más encima… ¿Cómo era? - preguntó Timo.


- No sé - respondió Momo - la luz era tan intensa que no me dejaba ver. Sólo sé que al principio no me podía mover del miedo - le estremeció un escalofrío por tan solo recordarlo -. Esos seres también se quedaron quietos. Y me iluminaron con su luz. Me sentí aterrado, como hipnotizado por el miedo. Por suerte, pude reaccionar y huir. No miré hacia atrás, sólo corrí lo más rápido que pude - hizo una pausa, intentando evitar llorar mientras recordaba los acontecimientos vividos - Les aseguro que en todo el bosque no hay algo igual.


- Vamos todos juntos - insistió Vana, la única entre los jóvenes que sentía más curiosidad que miedo - ¡no sean cobardes! - dijo, alzando la voz


Vana y Timo se miraron fijamente; sus ojos brillaban chispeantes bajo la oscuridad de los árboles; sus cuerpos estaban rígidos y tensos, uno frente al otro…


- ¡Basta! - gritó Remo. Su voz autoritaria resonó en el bosque, y acabó con todo conflicto incipiente entre los muchachos.


- Abuelo, ¿y si vamos al cerro? - propuso Raco, un instante después - seguro que desde ahí podremos ver si es que realmente hay algo que brilla como el día en alguna parte.


El cerro al que se refería el joven era una colina de combre rocosa que se alzaba sobre el paisaje boscoso, dominándolo por completo. Siendo el punto más alto en medio del amplio valle, desde ahí se tenía vista del río, los bosques y planicies y al fondo, las misteriosas montañas blancas, de altura incalculable y de las que, hasta donde ellos sabían, carecían de toda forma de vida.


Se dirigieron al cerro, corriendo cuán rápido le permitían sus patas. En media hora ya se encontraban en su cima. En el cielo, casi sobre sus cabezas, se encontraba la luna llena, que miraron con devota admiración. Luego, tanto el anciano como los jóvenes buscaron con la mirada en todas direcciones, penetrando la noche llena de misterio que les mantenía en vigilia.


Recorrieron todo el panorama nocturno con la mirada. Vieron algunas estrellas en el firmamento, la Luna en lo alto del cielo, y el bosque iluminado con su luz blanca y fría, hasta las montañas blancas límite natural de aquél territorio que habitaban.


El anciano aulló. Y repitió el aullido. Y una vez más. Los tres aullidos eran la inconfundible convocatoria para llamar a la manada. El anciano estimó que todos los lobos debían juntarse ahí. Y es que, al suroeste, poco más allá del bosque, junto al meandro del río que atraviesa el valle y donde la vegetación es más baja, había unas luces que semejaban estrellas, en un lugar donde no debiera haber más que oscuridad. Y no era fuego.


No era natural.


No era de este mundo.


Se trataba del campamento de una especie que por vez primera entraba en esas tierras. La llegada del ser humano vino a profanar la virginidad de la naturaleza, y los lobos, sus habitantes, que no conocían al bípedo inteligente y los adelantos propios de su ingenio, quedaron asombrados ante la magia de los intrusos desconocidos.

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