Elegí

El viento sobre la pasarela alborotaba mis cabellos y los hacía cubrir mi rostro, dificultando mi visión. La luz del sol que caía sobre mis ojos tampoco ayudaba a aclarar mis sentidos. Todo era confuso, el escenario frente a mí se presentaba borroso, nublado por mis lágrimas, mientras que el ruido de aquel motor lejano era una presión constante, no me permitía escapar de ese momento ni reflexionar sobre lo que sucedía.

–Eres libre de elegir –dijo el hombre atrás de mí–, derecha o izquierda.

El llanto surgió una vez más desde mi interior. Sentía mi pecho apretado y mi respiración agitada.

Observé hacia abajo, a las opciones. A la derecha, cuatro personas: mi hermana, uno de sus hijos y mis amigas Elisa y Ana. A la izquierda, mi madre. Apreté los ojos con fuerza e intenté soltar un sollozo, pero la cinta adhesiva que cubría mi boca lo impidió.

–Queda poco tiempo –dijo el sujeto nuevamente, mientras avanzaba hasta quedar junto a mí–. Si no eliges tú, elijo yo –amenazó después, apuntando con su arma a las personas que se encontraban abajo.

Él tenía razón, el ruido se sentía cada vez más cerca.

Y, aun así, mientras observaba su sonrisa, pude escuchar cómo aquel enfermo murmuraba los nombres de sus potenciales víctimas.

Sentí náuseas.

Un grito se ahogó en mi garganta y, con movimientos bruscos, violentos, desesperados, volví a forcejear con la palanca a la que mis manos se encontraban fuertemente pegadas, pero las cuerdas que ataban mis muñecas limitaron mis esfuerzos.

Quejidos y alaridos comenzaron a escucharse bajo la pasarela, atenuados por el ruido que se volvía ensordecedor. Escuché al hombre reír mientras me veía llorar. Las lágrimas se secaban en mis mejillas frías a causa del viento. Mi cabeza se sentía hervir entre el llanto y la presión. Mi pecho se apretaba más y más, mi brazo izquierdo comenzaba a paralizarse, el aire en mis pulmones se hacía escaso. Me encorvé hacia adelante. Reconocí los síntomas de un ataque cardíaco.

Pero el tiempo se agotaba y yo debía elegir.

Con los ojos apretados, la cabeza baja y las piernas temblorosas, rendida ante una realidad que, a pesar de estar viviendo, no conseguía creer, tiré de la palanca hacia la izquierda justo en el momento en que pasó el tren.

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