Devolución

Muy bien, amigos, esta es la primera vez que me dirijo a ustedes, pero sin duda no será la última :). Me gustaría conocer sus comentarios respecto de lo que están a punto de leer, puesto que he considerado la opción de continuar en una segunda parte, pero para eso necesito sus opiniones.

¡Espero que lo disfruten!


ADVERTENCIA: Los temas tratados aquí (aborto espontáneo) pueden herir sensibilidades de algunas personas. Por favor, discreción.


PD: Lamento el mini-spoiler, pero era necesario.

Claudia no era el tipo de mujer con metas que lucha por superarse, nunca pensó en estudiar una profesión y tampoco conseguía parejas estables, ninguna relación duraba más de una noche. Su única aspiración era una vida tranquila y sin preocupaciones. Consiguió un trabajo como recepcionista en el museo donde su padre se encargaba de la limpieza antes de morir y ahorró hasta obtener un subsidio para su vivienda propia, a la que se marchó en cuanto tuvo oportunidad, dejando atrás a su madre.

Su casa se ubicaba en un pequeño condominio de clase media casi en las afueras de la ciudad, junto a la avenida principal que conectaba la zona con el centro, donde se encontraba el museo, lo que le facilitaba el acceso a la locomoción. Con todo ello Claudia consideraba cumplido su deseo de una vida pacífica y sin problemas.

Hasta que un imprevisto interrumpió todo.

Ocurrió por la mañana. Acababa de salir del condominio y se dirigía hacia el paradero a esperar el transporte que la llevaría al museo; sin embargo, un conductor no respetó el semáforo en rojo y la atropelló mientras cruzaba la calle para luego darse a la fuga.

Claudia no recordaba mucho de aquel momento, solo supo después que otro conductor la llevó hasta el hospital más cercano, donde despertaría más tarde en compañía de su madre.

Lo siguiente fue una serie de exámenes entre radiografías y extracciones de sangre. Luego, con los resultados, llegaron buenas noticias: no sufría graves lesiones. O eso fue lo que las enfermeras le decían esbozando sonrisas de alivio, hasta que el médico de cambio de turno la visitó y pidió quedarse a solas con ella en aquel pequeño box de atención, que tan solo se separaba de los otros gracias a unas pesadas cortinas blancas de cuero sintético.

–Lamento informarte que perdiste a tu bebé –fueron las palabras del médico.

Por un instante, Claudia supuso que el hombre se estaba equivocando de paciente y se lo hizo saber; sin embargo, luego de confirmar la información registrada en su ficha, el médico le informó que hasta ese día ella cursaba un embarazo de diez semanas. Y acababa de ser interrumpido.

Un escalofrío, seguido de un mareo, recorrió el cuerpo de la muchacha, quien, con 26 años, tan solo había enfrentado una vez una noticia así de importante en su vida: la muerte de su padre cuando ella tenía 18 años. Pasada la primera impresión, se dispuso a hacer cálculos y, en efecto, el embarazo era posible, pero desconocía el paradero del padre.

Debido a la pérdida y luego de ser revisada por un ginecólogo, los médicos optaron por mantenerla hospitalizada bajo observación, esperando que su propio cuerpo expulsara los restos del embarazo. Y aquel mismo día su madre se enteró de la noticia.

Claudia odiaba verla llorar.

No sabía lidiar con los sentimientos de los demás, ella misma no solía experimentarlos con frecuencia. Ella solo quería una vida tranquila, una vida sin emociones.

Más tarde y ya con su teléfono de vuelta, recibió una llamada de su jefe, el director del museo. Le pedía que se concentrara en descansar, que se olvidara del trabajo por varios días, que debía recordar que la institución sentía un gran aprecio por ella y por su familia, que no necesitaba preocuparse por nada, que su seguro cubriría todos los gastos, que no la dejarían sola. Claramente, su madre le dio un completo informe de la situación en cuanto dejó el hospital.

Dos días después, su ginecólogo volvió a revisarla y decidió que no podían seguir esperando, le practicarían un legrado -un raspaje uterino- al día siguiente.

No pudo evitar sentir algo de ansiedad.

Compartía habitación con otras cuatro mujeres, tres embarazadas y una cuarta en la misma situación que ella, pero por tercera vez. Sus compañeras intentaron tranquilizarla; sin embargo, todas se acabaron durmiendo.

Y Claudia se quedó sola. Sola con aquella sombra en la esquina, al fondo de la habitación.

Cuando se percató de esa oscuridad condensada en el interior del lugar, imaginó que se trataba de un juego de luces y sombras, no obstante, cuando un único ojo se abrió en el centro con dirección hacia ella, un grito ahogado escapó de su boca, la que cubrió en seguida con una mano. Observó a su alrededor buscando confirmación de lo que veía, pero nadie más que ella permanecía despierta. Estaba sola con aquella presencia, que de pronto comenzaba a tornarse más espesa, más densa. Decenas de brazos salieron de ella en todas direcciones, expandiéndose por las paredes, buscando sustento en alguna superficie, como si cada brazo perteneciera a una persona buscando escapar.

Claudia casi podía escuchar sus gritos.

Su pulso se aceleró y su respiración se hizo trabajosa, a la vez que un fuerte dolor atacó su vientre, provocando que se doblara en la cama hasta quedar en posición fetal. Intentó gritar para llamar a una enfermera, pero su voz no salía… lo único que podía producir en ese momento eran lágrimas que caían hacia su lado izquierdo. Poco a poco, sentía que se perdía en la mirada de ese único ojo, se sentía hipnotizada, su respiración se volvió profunda y pausada, aunque su pulso golpeaba con fuerza en su cuello y en su pecho. Finalmente, perdió la consciencia.

Al día siguiente, fue despertada por una de las enfermeras para pedirle que se subiera a una silla de ruedas. Sería llevada a la sala donde le realizarían “el procedimiento”. En ese momento, Claudia comprendió que nadie podía lidiar con esa realidad, ninguna de sus compañeras de habitación fue capaz de usar la palabra legrado o siquiera raspado. Supuso que ninguna mujer normal podría enfrentar una situación como esa y salir cuerda.

Cuando llegó a la sala de cirugía, se encontró con una camilla similar a la utilizada por los ginecólogos normales, lo que comprobó que en realidad la intervención no era demasiado compleja. Quizás todo eso podría terminar rápido, quizás podría volver a casa pronto, quizás su vida tranquila estaría de vuelta antes de lo esperado.

Le informaron que usarían una anestesia general para sedarla, por lo que instalaron una vía endovenosa en el dorso de su mano. La hicieron acomodarse en la camilla, le pidieron responder a un pequeño formulario y luego firmar un consentimiento.

Hasta que el momento de la anestesia llegó.

La enfermera acercó una jeringa con el contenido que luego aplicó a la vía endovenosa. En ese instante, aunque no la pudo ver, pudo sentir otra vez la presencia de aquella sombra, pero antes de poder siquiera buscarla en la habitación, se durmió.

El dolor la hizo despertar.

Pudo sentir el filo helado de un cuchillo desgarrando su interior, raspando sin piedad.

Y gritó.

Gritó una y otra vez.

Gritó como nunca en su vida había gritado.

Abrió los ojos y se encontró con el ginecólogo entre sus piernas, concentrado en lo que hacía. Hizo un esfuerzo por cerrar sus piernas mientras volvía a gritar, pidiendo que detuvieran todo, que la anestesia no estaba funcionando… pero la que no estaba funcionando era ella. Su voz no se escuchó, sus piernas no se movieron, nadie supo que estaba despierta.

Pero aquella sombra en aquel rincón y con aquel ojo, sí que lo sabía.

Su cuerpo no estaba respondiendo, la habitación parecía estar en penumbras y todo a su alrededor se diluía y difuminaba, perdiendo solidez, perdiendo color. Nada se sentía real, hasta que la sombra en la esquina le hizo saber que estaba bajo su influjo.

Ese ojo se mantenía fijo en ella, burlándose, disfrutando con su desesperación, mientras que ella, ya sin saber qué hacer y sin parar de gritar -o intentar hacerlo- buscó desviar su atención de aquella cosa.

Y se encontró con un niño.

Un niño estaba en la habitación.

De alguna manera, la presencia infantil la calmó y la llevó a hacerse aún más preguntas. El niño le estaba dando la espalda, cargaba una mochila y vestía ropas con colores sólidos. Su imagen no se desvanecía, no como se desvanecía todo a su alrededor.

–Ya casi acaba –dijo el niño.

Entonces lo comprendió: él estaba ahí para presenciar la intervención, él no era real, él estaba ahí con la sombra. Él había escapado de la sombra.

En ese momento, volvió a perder la consciencia.

Para cuando despertó, ya todo había terminado. Se encontraba de vuelta en la cama, le dolía la cabeza y se sentía desorientada. Al percatarse de que estaba reaccionando, una de las enfermeras se le acercó y trató de tranquilizarla con una sonrisa, agregando que todo había salido en y que pronto podría volver a casa. Cuando la enfermera dejó la habitación, Claudia observó a su alrededor y contó cuatro personas.

Tres mujeres embarazadas y un niño.


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