• Marcos Maturana

Despedida de un amigo felino

Se encontraba quieto y en el más absoluto silencio; era el único ser presente junto al cuerpo de su amigo. Más que su amigo, su familia toda.

Sus ojos, clavados en la figura de aquél ser que amaba, sostenían una expresión a la vez seria e incrédula, contemplando el cuerpo que yacía sin vida frente suyo y vaciaba por completo la habitación con su muda e inamovible presencia.

El pequeño felino mostraba una lealtad que no es propia de su especie. No obstante, su rostro impertérrito se negaba a reflejar los sentimientos que acongojaban su pequeño corazón.

Sin maullar, sin ronronear, sin entender lo que sucedía ni como había cambiado su mundo, permanecía ahí aquél minino que vislumbraba un destino tan oscuro como su negro pelaje.

Su mirada, fija en su amigo, se perdía en la distancia, ahí donde se encuentra el imperceptible y lejano horizonte que aloja los recuerdos.

Y en su falsa indiferencia, en la que solía apoyar su orgulloso caminar por techos, ventanas y panderetas escondía aquél felino sus emociones a la vez que, con dificultad, sus ojos se esforzaban por tragar sus propias lágrimas, ese sudor de emociones que clama por salir cuando el cuerpo no es capaz de contener los sentimientos.

El gato se encontraba en la habitación, primera vez en soledad en aquel cuarto que había perdido los olores de la comida que le preparaba el humano, los sonidos de la televisión que contemplaba a ratos junto a su querido compañero, que siempre estaba absorto en las imágenes que despedía el aparato… todo quedaba atrás, reemplazado por un silencio sin olor, carente de sabor, en un cuarto apagado, sin luces ni color.

El silencio invitaba a la muda reflexión. La vida sería otra. Sin su amigo, sin esa compañía que hasta el día de hoy había creído eterna e inextinguible. Pensó en los cambios que experimentaba su vida en una habitación hoy carente de vitalidad.

Mientras el felino asimilaba y contenía su tristeza, observaba aquel cuerpo de vida extinguida que palidecía al mismo ritmo que su vida perdía su color.

Su única compañía estaba ahí, pero se había marchado ya.

El felino camino hacia su amigo y se tendió junto a su cuerpo, y sintió como la carne sin vida se enfriaba, y sin saber por qué, percibió que su propia vida perdía su tibieza.

Y, rodeado de un mar de dudas sobre su propio futuro incierto y la enorme pena que sentía, tras dejar brotar unas lágrimas que quedaron atrapadas en su pelaje, aquel gato negro y fiel se durmió…

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