Carmen

Cada quince días se levantaba de madrugada, se ponía su tenida de salida, se hacía un tomate para arreglar su larga y negra cabellera e iniciaba una caminata que incluía un par de cerros inclinados, atravesar un bosque nativo y un gran canal sin puente que sólo podía ser cruzado por un grueso tronco que algún lugareño dispuso para ese fin.

Mientras caminaba oraba, repetía Salmos, pasajes de la biblia y cantaba alabanzas que había memorizado durante sus años de evangélica practicante.

Luego de casi dos horas llegaba a la carretera y esperaba pacientemente el bus de las ocho de la mañana proveniente de Santiago. Si tenía la suerte de llegar a tiempo podría hacerle señas y hacer que se detuviera frente a ella para que la llevase al pueblo y dirigirse al hogar a la hora de la visita.

Siempre llegaba con un bolso lleno de cosas ricas, pollos de campo cocidos, huevos duros, pan amasado, queso, calzones rotos y un sin fin de alimentos que ella misma producía y preparaba en el campo, donde había instalado su hogar cuando conoció al Beño.

La humilde casita en que habitaban, era en realidad una rústica construcción hecha con maderas recogidas por ahí, llena de recovecos por donde se filtraba el viento, algo inclinada debido al desnivel del suelo; lo que hacía que la lluvia corriera como un rio, atravesando la inestable casucha y mojando la tierra que hacía de piso.

Las camas no eran más que un par de armazones de madera y por colchones había un par de sacos llenos de paja, sin embargo eran cómodos y tibios. Las sábanas de saco harinero bordadas con hilos de colores le daban un aire acogedor y femenino.

La misma tela de sacos de harina servía de pañales para sus dos hijos y a diario se mecían blancos como la nieve en los colgadores de alambre del patio.

En la ruca exterior que funcionaba como cocina, se imponía un fogón en el suelo, el humo se alzaba y desaparecía por el techo terminado en punta y aunque todo estaba impregnado en humo, las ollas y utensilios brillaban gracias a los continuos lavados con legía que Carmen les daba.

No soportaba la suciedad y pese a la precariedad y los inconvenientes, todo en esa casa relucía.

Cuando Carmen llegaba, la monja me buscaba en el patio y me llevaba a esa fría y pequeña sala en donde se realizaban las visitas familiares. Era un lugar sencillo, en una esquina la virgen María vestida de celeste nos miraba con esa tristeza inmensa y una lágrima eterna caía por su mejilla. Siempre me preguntaba por qué razón no hicieron esa pequeña escultura con una gran sonrisa amigable y maternal.

La primera vez que mi madre me visitó ya llevaba más de un año en el hogar. Ella me dejó a cargo de la abuela Emilia, desconozco el tiempo transcurrido, pero cuando volvió por mí, ya me encontraba en mi nueva residencia.

Lamentablemente el tiempo ya había hecho lo suyo y la distancia emocional se había instalado de manera irremediable, nada quedaba de ese vínculo natural e instintivo que se forma en el apego de los primeros años, en los abrazos, en los besos,en las palabras, el olor...

Las visitas se me hacían eternas, yo trataba de ser gentil porque, pese a mi corta edad, entendía el esfuerzo que ella hacía para llegar hasta mí. Sin embargo la frialdad de aquel lugar, el escaso tiempo disponible para las visitas, el constante ir y venir de la monja que nos vigilaba de cerca, no permitían un acercamiento muy estrecho. A medida que pasaba el tiempo y me convertía en adolescente mis sentimientos se fueron transformando en rabia y resentimiento.

En todos esos años ella nunca faltó, con o sin lluvia llegaba con sus presentes tratando de conquistar mi amor, en realidad yo la quería, pero mi enojo inconsciente e involuntario, me hacían mirarla con distancia y cuando nos reuníamos mi mayor anhelo era que esta mujer triste se marchara.

Quizá, si la hubiese visto feliz alguna vez... pero su tristeza permanente, sus lágrimas en cada visita, sus lamentos por la muerte de mi padre, la pena de no poder tenerme a su lado, transformaban ese momento en un verdadero tormento.

Siempre recuerdo a las monjas abriendo las ventanas y poniendo velas aromáticas después de las visitas, haciendo comentarios sobre las migas en el suelo, los malos hábitos de la gente de campo, comentarios entre ellas pero frente a mí que finalmente terminaron por hacerme sentir vergüenza de su olor a humo, de su ropa pobre, de su falta de dientes, de su ignorancia y en contraste también sentía vergüenza de mis propios sentimientos.

Nunca, en todos esos años, se nos permitió compartir la mesa, celebrar un cumpleaños, salir al patio a conversar con libertad, sin la mirada vigilante de las hermanas ó sentarnos a ver una película un domingo en la tarde, todo nuestro vínculo debía gestarse en esa pequeña y fría sala, y en ese corto espacio de tiempo.

La vida ha pasado y he comprendido tantas cosas, la llegada de Laura abrió mi corazón y cada vez que me abraza, cada vez que me dice “te amo”, cada vez que llora, que la miro ó que la acaricio, cierro los ojos y puedo imaginar que esta pequeña soy yo recibiendo los abrazos de mi madre.

Le debo la vida a esa mujer, una vida que me ha dado de sobra, que me ha llenado de maravillosas oportunidades y amor en abundancia.

En compensación, por mi falta de besos y abrazos, he decidido regalarle todo el amor de mi hija, cada verano se ven, se abrazan y pasan largas horas caminando por el campo tomadas de la mano.

Las observo a la distancia y me complace pensar que, ese mundo que debió ser mío, hoy les pertenece sólo a ellas. Mientras pienso en eso, sonrío aliviada con la tranquilidad que sólo puede dar el perdonar y ser perdonado.


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