Alberto

Actualizado: may 23

La mirada de Alberto se enfrentó a la de su padre. Su madre se mantuvo en silencio, cabizbaja.


Tardó veintitrés años en reunir el valor suficiente para sincerarse ante sus progenitores, veintitrés años en los que aprendió a conocer y a vivir la ideología machista y retrógrada que su padre instaurara bajo ese techo, veintitrés años de humillaciones por ser blando, por ser débil, por ser sentimental; veintitrés años odiándose a sí mismo por no poder ser “un verdadero hombre”. Pero cada etapa en la vida tenía su fin y, en su caso, veintitrés años de miedo fueron suficiente. No. Fueron demasiado.


Las primeras palabras que recibió por parte de su padre lo instaron a largarse de casa, a lo que Alberto reaccionó buscando los ojos de su madre. Los encontró. Encontró ojos suplicantes, ojos aterrados, ojos que mostraban el pánico que sentía ante una vida a solas con aquel hombre, el que tantas veces marcara de azul la piel de sus brazos y rostro. Imposible, pensó Alberto, y con la misma postura con que, en principio, decidiera revelar su verdad, se negó a cumplir el deseo de su padre: esa casa era suya también.


Sin embargo, no terminó de hablar cuando el revés de la mano de su progenitor impactó su mejilla izquierda. Alberto perdió el equilibrio. Cayó.


Afuera, un grupo de niños detuvo su partido de fútbol al escuchar el grito desgarrador de la madre de Alberto y, asustados, regresaron a sus casas. Adentro, la mujer se lanzaba sobre el cuerpo de su hijo para recibir las patadas que su esposo propinaba al joven. Al ver esto, el hombre soltó su cinturón con una habilidad que solo la costumbre podía darle y comenzó a golpear a ambos en el suelo, desatando su furia no solo de forma física.


Una y otra vez dejó caer el cinturón sobre Alberto, gritando. Maricón, aberración de Dios, semilla de Satanás, vergüenza familiar… para luego golpear también a su esposa con otra serie de gritos. Infiel y pecadora. Alberto no podía ser su hijo, él no podía tener un hijo desviado.


Pero Alberto estaba decidido a no soportar una sola golpiza más, una sola humillación más.


Detuvo el cinturón en el aire y, con un fuerte grito, lo arrebató de las manos de su padre para luego tomar impulso desde el suelo y arremeter contra él, lo que logró desestabilizar el cuerpo de su entonces contendiente, hasta caer sobre una de las sillas del comedor y desplomarse en el suelo. Cegado y ensordecido por la ira, Alberto ignoró el llanto desesperado de su madre y fue con todo contra su padre, quien se quejaba en el suelo sujetando una posible columna rota. Comenzó a devolver cada azote con el cinturón mientras le recordaba, a gritos, las noches en que abusaba sexualmente de él apestando a alcohol, las golpizas que le dio por “marica”, los encierros en la bodega de herramientas, los días de hambre que le hizo pasar como castigo, los golpes que hizo recibir a su madre… y cuando el hombre, en un esfuerzo sobrehumano, comenzó a arrastrarse hacia el living de la casa, Alberto decidió que aún no terminaba y que el cinturón no era suficiente. Luchó contra su madre, quien corriera hacia él para impedir que fuera hasta el cajón donde se guardaban los utensilios de cocina, pero Alberto estaba fuera de sí y ya nada parecía detenerlo. Se zafó de ella con un empujón, tomó el cuchillo más grande que encontró y se arrodilló sobre el cuerpo gordo y sudoroso de su padre, quien se deslizaba torpemente por el suelo.


Un insulto tras otro, una puñalada tras otra.


Cobarde, cerdo, bestia, hijo de puta, animal. Las ofensas ahogaban las súplicas de su padre. La hoja subía y bajaba clavándose con fuerza sobre el cuerpo incluso después de inerte. La sangre salpicaba sobre la alfombra, la cara y la ropa de Alberto.


Su madre temblaba acurrucada bajo la mesa.


El cuchillo cayó al suelo haciendo un ruido seco y la puerta principal de la casa se abrió de golpe ante la patada de un policía.


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